Un día extraño

Publicado el 1 Junio 2004
Archivado en Boletín Hdad. Misericordia

La mañana del pasado jueves santo fue como muchas otras. Recibimos las visitas institucionales en la parroquia. Los hermanos se congregaban en torno a nuestros titulares, como queriendo estar con ellos en las horas previas a la estación de penitencia. En esta ocasión, nos unía un poco más si cabe la alegría por tener a unos metros nuestro nuevo templo, a escasos meses de ser una realidad. Tras abandonar el templo parroquial, nos dirigimos tal y como hacemos habitualmente a la casa de hermandad para calmar los nervios, charlar y tomar unas habas. Incluso, cómo estas últimas ocasiones, algunos nos acercamos a visitar a la Hermandad del Nazareno, compañera de día y eventualmente de feligresía durante el Jueves Santo. El cielo estaba parcialmente grisáceo, como tantas otras veces. Nada serio, nadie esperaba que este año fuese distinto.

La tarde avanzaba y esta vez, por desgracia, no se trataba de uno de los tres jueves en los que más reluce el sol. Algunos nos encontrábamos por la calle y con las miradas reconocíamos nuestra extrañeza cuando el primer chaparrón impidió que se desarrollase la tarde del Jueves Santo como habitualmente. Los hermanos nos preguntaban nerviosos qué podría suceder en la madrugada. Sobre las nueve y media de la noche, los primeros miembros de la junta de gobierno hacían acto de presencia en la iglesia, poco se podría hacer. El padre D. Pedro Jiménez Valdecantos S.J., uno de los últimos predicadores, se había acercado por allí para animarnos aprovechando su estancia en Huelva. Los hermanos se acercaban y ya nada fue como en años anteriores. Por primera vez en nuestra joven pero densa historia, la cofradía no pudo hacer su pública estación de penitencia, tal y como nos mandan nuestras Reglas desde los orígenes fundacionales, a la Iglesia de la Purísima Concepción y al Convento de las Hermanas de la Cruz. Algunos se vestían de rúan por primera vez. Otros, más veteranos, veían éste como el último e histórico año en el que se procesionaba desde la Iglesia de la Milagrosa.

Sin embargo, en un día tan extraño como aquel, yo destacaría otras cosas aparte de no poder salir a la calle. Me quedo con los momentos vividos en la sacristía, cuando aún en unas circunstancias tan “fáciles”, se notaba el peso de la responsabilidad como pocas veces. Me quedo con esa demostración de madurez que dio la cofradía, desde la Junta de Gobierno con su calmada y sabia decisión de no salir y su capacidad de improvisar un víacrucis al que no le faltó un detalle, hasta a los hermanos allí congregados: nazarenos, costaleros, pajes, monaguillos, servidores, … Todos dieron muestras de un comportamiento ejemplar ante unas circunstancias tan desagradables. La compostura se mantuvo desde principio a fin; el silencio y el recogimiento durante la oración fueron dignos de elogio. Igualmente inesperada fue la multitud que, pacientemente, esperó en las puertas del templo más de una hora para poder entrar y rezarle a nuestros titulares.

Sin duda fue un día raro, pero quizá no tanto por no haber realizado la estación de penitencia por las calles de Huelva, sino porque pese a ello, todos salimos de la iglesia con una sensación de plenitud y satisfacción que difícilmente podría superarse y que quedará en el recuerdo de todos.

Copyright © Rafael A. López Verdejo
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