La imagen

Publicado el 10 Marzo 2007
Archivado en El Mundo

Una imagen vale más que mil palabras. Así reza el dicho, por cierto, manido hasta el extremo. Resulta un tanto trivial la argumentación de este refrán, pues salta a la vista toda la verdad que encierra. Yo añadiría que en muchas ocasiones vale mucho más que lo que las palabras puedan encerrar, ya sean mil, ya sean las contenidas en los fondos de la extinta Biblioteca de Alejandría.

Si nos asistimos del socorrido Diccionario de la Real Academia Española, comprobamos que la primera de las acepciones: “figura, representación, semejanza y apariencia de algo” nos abre las puertas de la segunda de ellas, que no es más que la concreción de lo representado como algo divino. Aquí es donde entramos los cofrades en escena, aunque no debemos olvidar que, como es natural, las imágenes religiosas nos son patrimonio exclusivo nuestro ni mucho menos. Los cofrades, y los católicos en general, nos valemos de las imágenes para tender un puente con lo trascendente. Como humanos que somos, necesitamos que un objeto puntual y físico nos represente la realidad divina que no estamos capacitados para ni siquiera poder imaginar en toda su infinita amplitud.

El paso de los años junto a nuestros Cristos, Vírgenes y Santos nos ofrecen la oportunidad de presenciar, y en ocasiones protagonizar, escenas tan entrañables como estremecedoras. Lo que sucede es que la rutina y la familiaridad con ellos pueden hacernos olvidar lo que tenemos delante. Y es que, como en una ocasión dijo el pregonero, las queremos tanto que a veces, casi sin darnos cuenta, les perdemos el respeto. No podemos obviar que, al margen de una magnífica obra de arte, las imágenes son representaciones físicas de lo divino. No es apropiado caer en la idolatría hacía un perfecto trozo de madera, pero tampoco en la irrespetuosidad por cuanto ésta representa.

La imagen es bella, a veces de forma exagerada, porque la belleza es una de las cualidades de Dios. La imagen se venera al culto público, inspira la meditación, es objeto de nuestras oraciones, y hasta nos acompaña a todos los lugares en forma de fotografía (imagen de imagen). Hasta tal punto llega la importancia que les damos los cofrades que, por lo general una vez al año, se procesiona con ellas para poder acercarlas a la mayor cantidad posible de personas que no acostumbran a su contemplación de forma cotidiana.

Sin duda estamos ante el bien más preciado de nuestras hermandades, por muy bonitos que sean nuestros pasos, grandes nuestras capillas o valiosas nuestras insignias. Sólo el Santísimo Sacramento en nuestros sagrarios, que no es imagen sino Cristo presente entre nosotros, es objeto legítimo de adoración y, por tanto, se ubica en un plano superior a la imagen. Por todo esto, la próxima vez que nos encontremos con las imágenes de nuestros titulares, tengamos esto presente respetemoslas en su justa medida, no sólo porque así nos lo enseñaron, sino porque somos conscientes de todo lo que representan.

Copyright © Rafael A. López Verdejo
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