Acomodo
Publicado el 16 Febrero 2008
Archivado en El Mundo
Son múltiples los motivos que te hacen llegar a ser miembro de una hermandad: por ser la de tu familia, por devoción a unas imágenes, compromisos, casualidad, etc. De entre todas ellas, siempre hay una que se podría catalogar como tu propia hermandad, con la que te vinculas y la que realmente recibe tu compromiso cofrade. Puede ser que pertenezcas a ella desde pequeño, o que no lleves tanto tiempo allí, pero las vueltas de la vida te hacen acabar en su seno. Aunque los principios son variados, el resto de la historia suele repetirse. Tu compromiso y cercanía, te hacen frecuentar la casa de hermandad, conoces a otros hermanos comprometidos como tú, arrimas el hombro en los momentos en los que se te necesita, y comienzas a sentir un apego especial por la institución.
Pasa el tiempo hasta que llega un día en el que alguien te dice que cuentan contigo para tal o cual grupo de trabajo, o en algunos casos para desempeñar una función en la junta de gobierno. Movido por la ilusión y las ganas de trabajar aportas ideas y energías renovadas. La hermandad se ve beneficiada por el trabajo de todos esos hermanos comprometidos como tú. Según tus intereses y gustos, poco a poco vas aprendiendo algunas labores que se te dan especialmente bien o que no hay quien las desempeñe. Aquí comienza el peligro. El tiempo y la confianza comienzan a hacer mella y empiezas a notar cierta sensación de autosuficiencia y dependencia de la hermandad hacia ti. Piensas que vas sobrado, y a veces tienes la impresión de que si no fuera por ti, a saber cómo se harían las cosas. Estas sensaciones se incrementan cuanta mayor sea la responsabilidad y el tiempo con ella. En algunos casos extremos se empieza a dejar de contar con la opinión de los demás, y se trata de hacer tu propia hermandad, a tu imagen y semejanza, acordándote de los otros hermanos sólo para cuando te interesa, utilizándolos como si fueran simple mano de obra gratuita, y provocando situaciones desagradables que hacen mucho daño al colectivo y llegan a provocar grandes crisis y enfrentamientos, que en ocasiones se llegan a prolongar durante dos o más generaciones. A veces se da la circunstancia de que hijos o nietos de los que en su momento tuvieron diferencias, ignoran el motivo por el cual no tienen que llevarse bien con algunos miembros de su propia hermandad. Lamentable.
El acomodo y el poder afectan a cualquiera. Es perfectamente normal tener estas tentaciones, y no podemos sentirnos culpables por ello. Precisamente por ser seres racionales tenemos la capacidad de enfrentarnos a ellas y evitarlas con un poco de esfuerzo por nuestra parte. La solución es bien fácil: no creerse nunca imprescindible, y cuando empieces a notar que pasa lo que no debe pasar, comienza a pensar en marcharte y volver a ser un hermano más. Por mi propia experiencia he podido comprobar que, salvo contadas excepciones, si eres realmente imprescindible para algo es por tu culpa. He conocido a reputados cofrades con grandes gestiones a sus espaldas, y pocos de ellos supieron irse cuando llegó el momento. Cada vez admiro a menos cofrades, y de los pocos que admiro, la mayoría aún no peinan canas.

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