Momentos
Publicado el 10 Marzo 2008
Archivado en El Mundo
Por una vez voy a tomarme la licencia de no centralizar mi discurso en la faceta estrictamente religiosa de la Semana Santa, que por otra parte no es sino la principal, origen y justificación per se de la misma. Ésta magna celebración es una sinfonía de sensaciones que la hace insuperable e inigualable. Esta sinfonía tiene por notas a los detalles, que se entremezclan en los compases que forman cada uno de los días, y hacen cada año único e irrepetible. A veces estos detalles son tan personales que a cada uno de nosotros la Semana Santa nos suena de una forma diferente.
Disfrutamos en estos días los diferentes matices que nos ofrecen los sonidos. Las bandas y saeteros pellizcan fuertemente nuestros corazones en los momentos en que menos lo esperamos; y tampoco debemos obviar la majestuosa música que nos aporta el silencio, donde el rachear de los costaleros, el golpe del llamador, el tintineo de la esquila o el cimbreo de los caireles se hacen señores de las calles. Qué decir del olor a incienso o, por qué no, a arpillera sudada en los relevos. Sin embargo, también hay otros olores menos objeto de los tópicos, como el aroma de la cera o el que desprenden los cinturones de esparto, que sólo conocen con familiaridad los que hacen estación de penitencia como nazarenos. Pero de esta sinfonía de sensaciones yo me quedo con las notas que nos aportan los recuerdos. Cada uno tiene los suyos. Nos acordamos de los que ya no están porque gracias a ellos aprendimos y les debemos lo que tenemos hoy. Nos acordamos de nuestra niñez, cuando nos vestían y llevaban a salir en las procesiones. Recordamos, como sin querer y sin esfuerzo alguno, los momentos que nos hicieron disfrutar nuestras hermandades por las calles. Momentos en los que se unen las circunstancias necesarias y, una mezcla de arte, saber, esfuerzo y cariño, hacen el milagro. Momentos estos, como esa serie de chicotás de ensueño, a los sones de Bendición, subiendo la calle La Fuente, cuando el misterio hace gala de su nombre, y el Señor de Pasión baja de su paso para caminar entre nosotros cargando con su cruz, con esa serenidad que desprende, que ni el viento se atreve a alterar su bendita figura ni la caída de su túnica burdeos y oro.
Precisamente mañana tiene lugar el Pregón, donde los recuerdos y la evocación de los detalles tienen tanto protagonismo. Con el Pregón se abren las puertas de la Semana Santa. La tendremos aquí inminentemente. Dentro de siete días todo volverá a pasar. Se desencadenará una semana en las que las sensaciones nos llegarán a borbotones. Aprovechémosla porque, cuando menos lo esperemos, llegará el día en el que la normalidad reinará de nuevo por nuestras calles. La carrera oficial volverá a ser cuatro calles céntricas, y los operarios municipales nos borraran del suelo las huellas de esas jornadas oníricas con sus máquinas a presión. Prestemos atención, abramos bien los sentidos y quedémonos con todo lo que podamos. Por suerte o por desgracia, ya tendremos todo un año para saborealo.

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