Percepciones y anhelos

Publicado el 6 Diciembre 2009
Archivado en Revista Huelva Penitente

Corren tiempos de cambios en nuestra Semana Santa, ¿y cuándo no? Un servidor, que aún siendo joven ya está tomando clases en el noble arte de peinar canas, recuerda una Semana Santa cambiante desde que tiene uso de razón. Se incorporan nuevas cofradías, se toman nuevos itinerarios, se aprueban nuevas carreras oficiales que se vuelven a reformar por obras y ruinas varias, se estrenan y recuperan nuevas sedes del Pregón Oficial, la Unión de Cofradías se transforma en el Consejo de Hermandades, nuevos estatutos y sedes provisionales del citado órgano, nuevos colores para los palcos… A veces ni siquiera las propias calles son las mismas aunque sigan en el mismo lugar de siempre. A poco que uno eche la vista atrás se da cuenta fácilmente de que la Semana Santa lleva cambiando toda la vida.

Lo que quizá requiera un análisis sosegado y responsable es la valoración que merecen esos y otros muchos cambios a lo largo de la historia, y si han respondido siempre a una evolución, a una adaptación al contexto del momento, o por contra las motivaciones que los originaron tuvieron más que ver con modas, pulsos personales, afán de notoriedad o simplemente errores de los que no estamos libres ninguno de nosotros. Se aprende del pasado. Es imprescindible para poder forjar un presente que nos ayude a mejorar y consolidar el futuro. La realidad actual de la sociedad y, por qué no, de la propia Semana Santa, impone unas circunstancias y condicionantes que no estaban en su momento. Por contra, hay problemas de siempre que siguen ahí y, o no se han tratado de corregir, o los intentos de hacerlo no tuvieron el éxito requerido.

Muchas voces llevan tiempo diciendo que estamos mejor que nunca, que hay más gente tanto en las calles contemplando las procesiones como involucradas en las cada vez más numerosas hermandades. Probablemente no les falte a estos su parte de razón, pero personalmente no puedo estar totalmente de acuerdo en la conclusión de que por ese motivo estemos mejor que antes. Hemos sufrido un aumento de la participación en lo que podríamos llamar público -pretender contar a toda esta gente como devotos se me antoja utópico-. Son más los cofrades comprometidos por la sencilla razón de que son más las hermandades, pero lo cierto es que todo este aumento de cantidad no ha venido necesariamente acompañado de un crecimiento en la calidad del cofrade.

Por otra parte, cualquiera que esté involucrado en el quehacer diario de una cofradía reconoce que, salvo honrosas excepciones, la mayoría de ellas las llevan adelante entre cuatro gatos. La gente no se compromete, y mucho menos en los tiempos que corren. Tiempos en los que se ha desarrollado una alergia a todo lo que huela a Iglesia o a curas, pero también a lo que tenga que ver con el compromiso o se aparte de aquello que no sea el propio yo. Nuestros párrocos y directores espirituales con frecuencia nos reprochan falta de compromiso eclesial, ignorantes en ocasiones de que la hermandad a veces no puede cumplir con esos principios básicos porque el hermano ya le falla a su cofradía en asuntos más simples como asistir a una gratuita comida de convivencia en la que tan sólo se requiere de su presencia. Como dice un amigo mío, no puede ser uno el que tira el corner y a la vez el que lo remata de cabeza.

Luego están los jóvenes, el futuro, quienes se supone que nos sacarán de estos problemas. Si miramos a la juventud cofrade se aprecia que afortunadamente entra savia nueva, pero ellos están a otras cosas. Nuestros jóvenes en muchos de los casos se encuentran alienados con asuntos menores. Unos disfrutan jugando a jurado de vestidores, otros son geniales contabilizadores de estrenos, y tampoco faltan los que se leen cuatro libros y se creen que aquí todo el mundo estaba equivocado. Mucho hablar y poca flexión del lomo. Algunos de ellos se cansarán, otros obtendrán una formación adulterada que provocará que se cansen en el futuro o que acaben molestos y enfrentados en sus respectivas cofradías. Saber de cofradías también es conocer la realidad de tu hermandad, las problemáticas que la rodean, la dificultad de contentar a las necesidades de la mayoría de hermanos, tener recursos para generar ingresos cuando las cuotas no dan para más, conocer de primera mano el sacrificio que conlleva que un simple boletín llegue a los hermanos en su fecha aun sabiendo que buena parte de ellos ni lo leerán, reconducir un presupuesto anual cuando el Ayuntamiento deja de pagar media subvención… ¿Qué nos quedará de esto? La responsabilidad es de nosotros los mayores.

El objeto de exponer estas cuestiones es el de apartarnos un poco del habitual y exagerado optimismo que caracteriza a las opiniones sobre el estado de nuestra Semana Santa. Lejos de pretender ser pesimista o desalentador no puedo terminar sin antes proporcionar una visión de esperanza para el futuro porque Huelva merece otra Semana Santa más unida y respetuosa con el trabajo de cada una de las hermandades, y jóvenes con una oferta formativa y de ocio que los prepare tanto cultural como espiritualmente para su futuro como cofrades. Merecemos unos medios de comunicación más profesionales a la hora de abordar la información que generamos, y con una actitud menos parasitaria y más justa. Precisamos una carrera oficial más estable sin renunciar a mejorarla, y que se respete la mayoría que existió cuando se definió. No podemos contentarnos con lo que tenemos porque no es sostenible. Está en nuestra mano mejorar las cosas, pero antes hemos de ser conscientes de nuestros verdaderos problemas, aceptarlos y asumirlos para poder trabajar por un mejor futuro.

Copyright © Rafael A. López Verdejo
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