Historia de una decisión

Publicado el 1 Septiembre 2004
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Corría un mes cualquiera, una tarde noche como otra. No tenía nada de especial. Tras una larga jornada de trabajo, un puñado de cofrades se encaminaban a su casa de hermandad para celebrar un Cabildo de Oficiales. Cada uno desde un lugar distinto, iba llegando a un ya por entonces destartalado y viejo edificio en la calle Rábida. En la primera de las estancias, se había habilitado una secretaría, sala de juntas y lo que hiciera falta mientras se le daba una salida al edificio. Algún día sería nuestra nueva, flamante y definitiva casa de hermandad, o quien sabe si al final se vendería para poder adquirirla en otro lugar por culpa de las trabas urbanísticas.

Mientras tanto, tan sólo era eso, un viejo edificio que había conocido tiempos mejores y que esperaba resignado su cruel destino. Sus paredes habían sido testigos durante muchos años de la vida comunitaria de los Padres Paúles, del trabajo inestimable que por esta ciudad llevan años haciendo las Hijas de la Caridad, de cómo se le daba de comer al hambriento, de cómo se le daba cobijo al vagabundo, de cómo los chiquillos correteaban por sus patios y aprendían en sus aulas… Incluso, acogió en su seno hasta no hace demasiado un dispensario, de índole municipal en su última época. Otros, en cambio, lo recordábamos porque en su interior se organizaba el cortejo de la cofradía durante nuestras primeras estaciones de penitencia, en una ruinosa Iglesia de la Milagrosa.

Volviendo al tema que nos ocupa, esos cofrades celebraron su Cabildo sin que sucediera ningún hecho digno de mención. Se trataron los habituales temas ordinarios y que forman parte de la rutina de una Junta de Gobierno. Sin embargo, llegados al turno de ruegos y preguntas, estos hombres (y creo que ya se ha perdido la cuenta de las veces) recibieron la visita del Espíritu Santo. Uno de ellos, en un momento que nunca olvidaré, tomó la palabra y con una decisión atípica ante lo que iba a salir por su boca, y a la vez casi sin creer en lo que estaba diciendo, interrogó: ¿Y por qué no hacemos aquí una capilla? En ese mismo instante, que me pareció eterno, se paró el tiempo. El aire aumetó su densidad, nadie miraba a nadie, sólo barrúntabamos en nuestro interior qué podría suponer lo que nuestro hermano acababa de plantear. El Hermano Mayor, ni corto ni perezoso y haciendo gala del optimismo que le diferencia del resto de los mortales, inició una ronda de opiniones para conocer el parecer de los presentes. Creo que no hace falta seguir para explicar el final de lo que comenzó aquella noche.

Sólo unos pocos privilegiados tuvimos la fortuna de poder vivir aquel momento, ya histórico para la Hermandad de la Misericordia. Pero a partir del 30 de noviembre, muchos seremos los que participaremos de la alegría y de los beneficios que nos aportará toda esta nueva infraestructura. Ojalá que todos los hermanos seamos capaces de estar a la altura de las circunstancias, y podamos hacer de ésta una auténtica hermandad, ahora que por fín podemos contar con los medios adecuados para conseguir nuestros fines, perfectamente recogidos en las Reglas, auténtico ideario del buen cofrade de la Misericordia de Cristo, defensor y propagador de la Inmaculada Concepción de su Bendita Madre.

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Un día extraño

Publicado el 1 Junio 2004
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La mañana del pasado jueves santo fue como muchas otras. Recibimos las visitas institucionales en la parroquia. Los hermanos se congregaban en torno a nuestros titulares, como queriendo estar con ellos en las horas previas a la estación de penitencia. En esta ocasión, nos unía un poco más si cabe la alegría por tener a unos metros nuestro nuevo templo, a escasos meses de ser una realidad. Tras abandonar el templo parroquial, nos dirigimos tal y como hacemos habitualmente a la casa de hermandad para calmar los nervios, charlar y tomar unas habas. Incluso, cómo estas últimas ocasiones, algunos nos acercamos a visitar a la Hermandad del Nazareno, compañera de día y eventualmente de feligresía durante el Jueves Santo. El cielo estaba parcialmente grisáceo, como tantas otras veces. Nada serio, nadie esperaba que este año fuese distinto.

La tarde avanzaba y esta vez, por desgracia, no se trataba de uno de los tres jueves en los que más reluce el sol. Algunos nos encontrábamos por la calle y con las miradas reconocíamos nuestra extrañeza cuando el primer chaparrón impidió que se desarrollase la tarde del Jueves Santo como habitualmente. Los hermanos nos preguntaban nerviosos qué podría suceder en la madrugada. Sobre las nueve y media de la noche, los primeros miembros de la junta de gobierno hacían acto de presencia en la iglesia, poco se podría hacer. El padre D. Pedro Jiménez Valdecantos S.J., uno de los últimos predicadores, se había acercado por allí para animarnos aprovechando su estancia en Huelva. Los hermanos se acercaban y ya nada fue como en años anteriores. Por primera vez en nuestra joven pero densa historia, la cofradía no pudo hacer su pública estación de penitencia, tal y como nos mandan nuestras Reglas desde los orígenes fundacionales, a la Iglesia de la Purísima Concepción y al Convento de las Hermanas de la Cruz. Algunos se vestían de rúan por primera vez. Otros, más veteranos, veían éste como el último e histórico año en el que se procesionaba desde la Iglesia de la Milagrosa.

Sin embargo, en un día tan extraño como aquel, yo destacaría otras cosas aparte de no poder salir a la calle. Me quedo con los momentos vividos en la sacristía, cuando aún en unas circunstancias tan “fáciles”, se notaba el peso de la responsabilidad como pocas veces. Me quedo con esa demostración de madurez que dio la cofradía, desde la Junta de Gobierno con su calmada y sabia decisión de no salir y su capacidad de improvisar un víacrucis al que no le faltó un detalle, hasta a los hermanos allí congregados: nazarenos, costaleros, pajes, monaguillos, servidores, … Todos dieron muestras de un comportamiento ejemplar ante unas circunstancias tan desagradables. La compostura se mantuvo desde principio a fin; el silencio y el recogimiento durante la oración fueron dignos de elogio. Igualmente inesperada fue la multitud que, pacientemente, esperó en las puertas del templo más de una hora para poder entrar y rezarle a nuestros titulares.

Sin duda fue un día raro, pero quizá no tanto por no haber realizado la estación de penitencia por las calles de Huelva, sino porque pese a ello, todos salimos de la iglesia con una sensación de plenitud y satisfacción que difícilmente podría superarse y que quedará en el recuerdo de todos.

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Rebeldes y polémicos

Publicado el 1 Febrero 2004
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Últimamente nuestra Cofradía está atravesando una situación a la que no ha estado acostumbrada en su joven historia. Diversas circunstancias, entre buenas noticias, problemas o despropósitos ajenos la han colocado constantemente en el candelero cofrade, en la palestra, en el punto de mira de las críticas de los que no saben pero tienen el poder de crear opinión; bien por su privilegiada situación en los medios de comunicación –la mayoría de las veces de forma inmerecida y poco cualificada- bien por su “prestigio” como vulgares opinadores en la tribuna de una callejera esquina o una cómoda tertulia de barra de bar, en ambos casos más polémicos y destructivos que otra cosa. Precisamente esto nos ocurre a nosotros, los nazarenos de ruán que humilde y silenciosamente, sin hacer ruido, acompañamos al Santo Cristo de la Misericordia en la madrugada del Viernes Santo, constituyendo de esta forma nuestro único acto público a lo largo del año.

Pero, ¿por qué entonces nos hemos podido ganar esta antipatía? A nadie escapa, hermanos, que cuando se habla de nuestra hermandad hay dos palabras que se repiten con mucha frecuencia: rebeldes y polémicos. Igualmente, si tenemos la curiosidad de interesarnos del por qué de esas afirmaciones descubrimos que la mayoría de las veces se argumenta con ideas erróneas, equivocadas y atribuidas de forma ilegítima a nuestra corporación. Si defender respetuosamente una idea, y sin hacer daño a nadie, es ser rebelde y polémico, entonces está claro que lo somos. Habitualmente los que hablan de nuestros problemas de horarios e itinerarios de los últimos años lo hacen sin conocer de primera mano el por qué defendemos nuestra postura. Nosotros en cambio, callamos y estamos sufriendo varios años una situación que otros tacharían de insostenible por lo injusta y cruel, tanto por parte de la Junta del Consejo de Hermandades, como de ciertas Hermandades que persiguen vacíos objetivos egoístas sin contar con el daño que le hacen a los demás, y también de otros estamentos que oyen a quien les parece y se dejan asesorar por auténticos “maestros” de la estrategia.

Nosotros en cambio seguiremos haciendo lo que mejor sabemos: trabajar en silencio. Seguiremos con nuestras labores caritativas, de culto y de apostolado como nos mandan nuestras Reglas. Seguiremos con el proyecto que nos absorbe: nuestro nuevo Templo y Casa de Hermandad, que tantas posibilidades nos brindará para poder ampliar y mejorar nuestras actividades al servicio de nuestra parroquia. Seguiremos luchando por recuperar el Triduo a María Santísima de la Concepción. Continuaremos el proyecto de hermandad que hace más de veinte años nos marcaron nuestros fundadores. Todo ello pese a quien pese. Ya pueden seguir retumbando los ecos de las tertulias de bar, o los corros de la calle Concepción. Continuarán en algunos medios de comunicación contando medias verdades. Nosotros, hermanos de la Misericordia con mayúsculas, continuaremos trabajando en silencio. Como sabemos. Haciendo verdadera hermandad. Si así somos rebeldes y polémicos, bendito sea Dios. Al fin y al cabo a Nuestro Señor Jesucristo lo crucificaron hace dos mil años tan sólo por eso, ser rebelde y polémico.

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