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Publicado el 26 Febrero 2008
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Veintiuna son las modificaciones que aporta el proyecto de reforma de los estatutos del Consejo, ya sea en forma de correcciones o de adición de nuevos textos. Es un dato tremendamente revelador que catorce de esas veintiuna, las dos terceras partes, hablen explícitamente de sanciones y expedientes sancionadores. Este proyecto no es más que eso, un borrador que aún debe someterse a las enmiendas de las hermandades en el pleno, pero el hecho de que la actual versión del mismo haya prosperado hasta este estatus es ya algo que le otorga cierto peso, puesto que existe la posibilidad real de que muchas de estas modificaciones pasen a formar parte de los estatutos vigentes. De lo anteriormente expuesto, y tras una lectura analítica, uno no puede más que estremecerse ante tanto uso de la fuerza. Más que de un Consejo de Hermandades, el texto parece el reglamento de una academia militar. Tanto es así que se encuentran perlas como que el art. 57 establece la obligatoriedad de asistir al vía crucis oficial el primer lunes de cuaresma “so pena de incurrir en alguna de las infracciones previstas en estos Estatutos”. Es lógico que al acto piadoso cuaresmal y unitario de las hermandades deban asistir todas, pero de ahí a que se amenace con infracciones a la que no asista… creo que olvidamos que se trata de un acto piadoso, y aunque no entra en la cabeza de nadie la no asistencia, no es algo que se deba hacer porque le obligan a uno. Parece que lo que interesa, primando sobre la edificación espiritual de las almas, sea que no falte ninguna para que quede más bonito.
Hay un detalle que me parece tremendamente positivo, y es la eliminación de la preferencia en ciertos casos en base a la antigüedad, tradición y número de nazarenos del cortejo. Si pretendemos un ordenamiento jurídico del colectivo de las hermandades, no puede ser de otra forma que no sea partiendo de la igualdad entre las mismas. Por eso mismo no estoy de acuerdo con que se destaque a la hermandad oficial respecto al resto. El carácter oficial de una hermandad puede tener cabida a nivel institucional y de protocolo, pero de ahí a someter al resto de hermandades para que si no participan en su estación de penitencia incurran en falta muy grave (art. 70 apdo. c), francamente me parece una pasada. Una estación de penitencia es un acto de penitencia pública y anónima que cada uno desarrolla en su hermandad. Entiendo por tanto que, todo lo que no sea hacer estación de penitencia sobra en un cortejo. La hermandad oficial es libre de invitar a las representaciones, pero no por ello las hermandades deberían estar obligadas a asistir si con ello consideran que se corre el riesgo de sufrir una despersonalización de su identidad. Estamos en un caso similar al anterior del vía crucis. Parece que más que a la estación de penitencia, le damos mayor importancia a que no falte ninguna el viernes santo para que estén todos los guiones y con ese colorido todo resulte más bonito.
Francamente espero que tanto autoritarismo fuera de lugar no prospere, y todas estas modificaciones sean vetadas por las hermandades, puesto que no creo que aporten nada al bien común de las mismas y, en cambio, garantizan que casi cada año tengamos que vernos envueltos en incoaciones de expedientes y sanciones que no van a solucionar nada.

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Acomodo
Publicado el 16 Febrero 2008
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Son múltiples los motivos que te hacen llegar a ser miembro de una hermandad: por ser la de tu familia, por devoción a unas imágenes, compromisos, casualidad, etc. De entre todas ellas, siempre hay una que se podría catalogar como tu propia hermandad, con la que te vinculas y la que realmente recibe tu compromiso cofrade. Puede ser que pertenezcas a ella desde pequeño, o que no lleves tanto tiempo allí, pero las vueltas de la vida te hacen acabar en su seno. Aunque los principios son variados, el resto de la historia suele repetirse. Tu compromiso y cercanía, te hacen frecuentar la casa de hermandad, conoces a otros hermanos comprometidos como tú, arrimas el hombro en los momentos en los que se te necesita, y comienzas a sentir un apego especial por la institución.
Pasa el tiempo hasta que llega un día en el que alguien te dice que cuentan contigo para tal o cual grupo de trabajo, o en algunos casos para desempeñar una función en la junta de gobierno. Movido por la ilusión y las ganas de trabajar aportas ideas y energías renovadas. La hermandad se ve beneficiada por el trabajo de todos esos hermanos comprometidos como tú. Según tus intereses y gustos, poco a poco vas aprendiendo algunas labores que se te dan especialmente bien o que no hay quien las desempeñe. Aquí comienza el peligro. El tiempo y la confianza comienzan a hacer mella y empiezas a notar cierta sensación de autosuficiencia y dependencia de la hermandad hacia ti. Piensas que vas sobrado, y a veces tienes la impresión de que si no fuera por ti, a saber cómo se harían las cosas. Estas sensaciones se incrementan cuanta mayor sea la responsabilidad y el tiempo con ella. En algunos casos extremos se empieza a dejar de contar con la opinión de los demás, y se trata de hacer tu propia hermandad, a tu imagen y semejanza, acordándote de los otros hermanos sólo para cuando te interesa, utilizándolos como si fueran simple mano de obra gratuita, y provocando situaciones desagradables que hacen mucho daño al colectivo y llegan a provocar grandes crisis y enfrentamientos, que en ocasiones se llegan a prolongar durante dos o más generaciones. A veces se da la circunstancia de que hijos o nietos de los que en su momento tuvieron diferencias, ignoran el motivo por el cual no tienen que llevarse bien con algunos miembros de su propia hermandad. Lamentable.
El acomodo y el poder afectan a cualquiera. Es perfectamente normal tener estas tentaciones, y no podemos sentirnos culpables por ello. Precisamente por ser seres racionales tenemos la capacidad de enfrentarnos a ellas y evitarlas con un poco de esfuerzo por nuestra parte. La solución es bien fácil: no creerse nunca imprescindible, y cuando empieces a notar que pasa lo que no debe pasar, comienza a pensar en marcharte y volver a ser un hermano más. Por mi propia experiencia he podido comprobar que, salvo contadas excepciones, si eres realmente imprescindible para algo es por tu culpa. He conocido a reputados cofrades con grandes gestiones a sus espaldas, y pocos de ellos supieron irse cuando llegó el momento. Cada vez admiro a menos cofrades, y de los pocos que admiro, la mayoría aún no peinan canas.

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El panorama
Publicado el 9 Febrero 2008
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En esta ocasión, por los caprichos del calendario, el inicio de la Cuaresma nos ha pillado a todos un poco atropellados. El recogimiento propio de este tiempo litúrgico llega casi a continuación de los últimos ecos festivos de una Navidad cada vez más devaluada. Llevamos unos años en los que consecutivamente las lluvias nos están arruinando las estaciones penitenciales de forma sistemática. Por desgracia nos estamos acostumbrando a que esto suceda, y más que por ver si llueve o no, parece que nuestra inquietud ya es por ver a que día o días les toca la desgracia este año. Por si esto fuera poco para enrarecer el ambiente, la antelación con que se nos presenta el Domingo de Ramos previsiblemente nos aportará otro ingrato invitado: el frío. Pero la cosa no queda ahí. Ha querido el destino, por llamarle de alguna manera, que en plena cuaresma se celebren las elecciones generales. En tiempo de recogimiento nos encontramos con la llamada fiesta de la democracia, unos comicios que están propiciando que se difame y ataque públicamente a la Iglesia, incluídos por tanto los cofrades. Vivimos una época en que la libertad religiosa está más indefensa de lo que oficialmente se nos vende, y el intrusismo político se usa como arma ante lo que no es más que la libertad de expresión de nuestros pastores, que cumplen su obligación de guías, no sólo espirituales, sino morales ante el Pueblo Cristiano. Parece que no hay forma de que estos señores entiendan que nuestros obispos son ciudadanos libres, y por tanto libres también de expresarse ante sus diocesanos en las materias que crean oportunas. Yo creo que más bien no quieren entenderlo. De todas formas, por tiempos peores se ha pasado, y nadie va a silenciar nuestra voz. Nadie dijo nunca que ser cristiano fuera a ser fácil.
Otro ingrediente que se nos ha presentado, por sorpresa y con toda la intención, ha sido el inicio del proceso de reforma de los Estatutos del Consejo. Este texto que, junto a las llamadas “Normas Diocesanas” vienen a ser, y salvando las distancias, algo así como la “Constitución del Cofrade”, no puede tratarse de esta manera. Tenemos tristes precedentes como para pretender gestionar el asunto así. No es nada correcto que el borrador de los estatutos no salga del Pleno, las hermandades, verdaderos sufridores de este ordenamiento jurídico y por ello conocedores de sus carencias y necesidades. No es de recibo que los hermanos mayores no puedan más que limitarse a presentar alegaciones durante un periodo de 20 días, mayoritariamente cuaresmales, cuando más ocupado se está en otras cuestiones. Hay todo un año para dedicarse a estos asuntos, que no deben estar condicionados por la premura de un fin de mandato. Que nadie se queje después si no se aprueban. Que los cambios sean pocos no significa que no puedan ser importantes, o inoportunos.
El panorama con que se nos presenta la presente Cuaresma podríamos resumirlo como enrarecido y, en breve, crispado. Acabamos de empezar y ya nos vemos así. Veremos como acabamos, porque aquí últimamente estamos la mayoría del tiempo en todo menos en lo que tenemos que estar.

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El Pregón
Publicado el 24 Marzo 2007
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Llega por fin la primavera y la cuaresma avanza poco a poco acercándonos a la Semana Santa. Es un tópico de gran calibre, pero no puedo evitar mencionar eso de que hace tan pocas fechas era Miércoles de Ceniza y ahora, casi sin darnos cuenta, nos encontramos en las vísperas del Pregón. Este domingo, que la tradición cofrade hace llamar de Pasión, es el del anuncio oficial de la inminente celebración que los cofrades hacemos de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo. La del Gran Teatro es una cita tradicional sobradamente consolidada una vez hemos conseguido dejar atrás el peregrinar entre cines y otros sucedaneos que, con tanto trasiego, hacían de este acto algo que tenía más pinta de vía crucis de largas y anuales estaciones.
El Pregón de la Semana Santa es, de largo, el evento cofrade que más se mide. Mira que somos especiales los cofrades, que hasta contamos cuántas veces se aplaude al pregonero. No nos contentamos con llevar la estadística de aquellos que han merecido el honor de ponerse ante el atril, sino que además los cronometramos en sus intervenciones; y es que ha habido algún caso aislado en el que los presentes hemos salido del recinto con alguna cana más que con las que entramos. Dicho sea de paso que subirse junto a ese atril tiene un gran mérito y es un toro que la mayoría nunca nos atreveríamos a matar.
En esa edición, y centrándonos en lo que nos ocupa, la responsabilidad ha recaído sobre los hombros de D. Eduardo Fernández. Poco se puede decir de este cofrade onubense que alguien no sepa por cuanto se trata de una persona realmente significativa, no sólo en la Semana Santa, sino en otras muchas facetas de nuestra sociedad. Será una de las escasísimas excepciones en las que un mismo orador dice el pregón por segunda vez. Eduardo es uno de esos pregoneros que, sin hacerlo mal en absoluto pese a la juventud de la primera ocasión, la madurez en lo personal y en lo cofrade le permitirá sin duda hacerlo muchísimo mejor si cabe en esta ocasión. Es por ello que, centrándonos en lo exclusivamente literario y alejándonos de posibles diferencias con su forma de pensar, el de mañana es sin duda un pregón muy esperado y del que se tienen grandes expectativas por todo cuanto el autor ya ha demostrado en esta faceta. El mismo pregonero ha anunciado días atrás en los medios de comunicación que su pregón sorprenderá por su peculiar estructuración, alejada de lo que habitualmente acostumbramos a oír. Por su valentía y determinación no podemos menos que desearle suerte en esta difícil empresa.
Sea como fuere, lo cierto es que a partir de mañana los días serán diferentes. Los preparativos de última hora se llevarán a cabo en cada una de nuestras hermandades y los hábitos de nazareno estarán aireados y listos para planchar. Hasta la hora será diferente por aquello del ahorro energético. Y si alguien por culpa del mismo, se despista y no llega a tiempo a la cita del Gran Teatro, siempre podrá decir aquello tan socorrido de que el pregón ha sido “valiente, comprometido y con mucho evangelio.”

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