Cofradías, ¿para qué?
Publicado el 19 febrero 2005
Archivado en El Mundo | Comentar
A buen seguro que el lector pensará que no es habitual iniciar una columna preguntándole cosas, pero no es el objeto de estas líneas interrogar por el mero hecho de hacerlo, sino para facilitar el discurrir de cada cual, un poco al estilo socrático.
Todos conocemos más o menos el origen de las cofradías de Semana Santa, ya sean gremiales, caritativas o al abrigo de una devoción arraigada en el pueblo. Son muchos siglos de existencia, con sus glorias y miserias, momentos de esplendor y periodos de crisis que llevaron a ciertas corporaciones a la desaparición. En todo este tiempo, la realidad social ha ido evolucionando, como es de esperar, de tal modo que siempre corremos el peligro de convertirnos en fósiles incrustados en las capas más profundas de nuestra sociedad contemporánea. La Iglesia misma ha ido renovándose a su ritmo, siendo el Concilio Vaticano II el hito más reciente que la sacudió desde los cimientos. Aún hoy, más de treinta años después, continúa desarrollándose y poniéndose en práctica.
A poco que uno analice se palpa sin esfuerzo que en los tiempos que corren tres son los estratos que soportan el peso de la Semana Santa como la entendemos los cofrades: el hecho religioso, el componente cultural-artístico, y el aspecto tradicional-antropológico. Es de suponer que el orden en el que los mencionamos no es gratuito, sino que a nuestro juicio tiene un algo de cronológico, pues parece natural esperar que al principio la semana santa sólo estuviera sustentada por la fe y religiosidad de los cofrades, que se amparaban en sus devociones para que les protegieran en sus trabajos o por ejemplo les guiaran en sus buenas obras. Más tarde ese mismo celo fue enriqueciendo estéticamente todo lo que rodeaba al culto, como altares, insignias o elementos litúrgicos. Por último, el tiempo y la costumbre fueron haciendo el resto hasta darle cuerpo a todo cuanto de tradición y antropológico nos rodea. Se abre desde aquí un interesante campo de trabajo para profundizar que se sale, sin embargo, de las pretensiones de esta modesta colaboración.
Retomando un poco las intenciones iniciales, y a tenor de estos precedentes, quizá debamos preguntarnos qué es lo que pintamos las cofradías y los cofrades en estos días; eso sí, sin perder de vista el mundo que nos rodea, con sus connotaciones y peculiaridades actuales. ¿Acaso pretendemos contentarnos tan solo con procesiones en las que, no nos engañemos, gran parte de los que participan están al margen de las cofradías el resto del año (y de la iglesia ni hablemos)? ¿Nos parece que tras más de cinco siglos de existencia debemos quedarnos en unos cultos cuaresmales rodeados de barroquismo para que al final sólo vayan a participar en ellos unos pocos? Un servidor, que ejerce de cofrade, cree que no. Quizá debamos empezar a dejar de mirar a otro lado, de promocionar el folclore para engañarnos a nosotros mismos. Algo que se llama Semana Santa, que se basa en la rememoración de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo, no puede dejarse comer terreno por los postizos de la parafernalia que le rodea. Prefiero mil veces una Semana Santa menos masiva, menos popular, pero más auténtica y fiel a sus orígenes. No cabe duda de que la celebración de los días santos en las hermandades de penitencia trasciende mas allá de una fiesta exclusivamente religiosa, habiéndose convertido en una masificada amalgama de confluencias cada vez más difícil de controlar.
Para empezar a cambiar la inercia que nos mueve, pensamos que no debemos olvidar que somos parte de la Iglesia, que crecemos por tanto con ella. Debemos beber del magisterio de una institución que lleva dos mil años de existencia. ¿Nos hemos planteado qué espera de nosotros? ¿Qué espera la Iglesia de las hermandades del siglo XXI? Sin duda, debemos actualizarnos, claro está que sin traicionar nuestra historia y sin perder nuestra identidad.
La próxima vez que nos hagamos el costal, uno de estos días en los que nos pongamos el traje para asistir a nuestros cultos, o quizá cuando vayamos a llevar la túnica a la tintorería, pensémoslo… Cofradías, ¿para qué?

Prohibida la reproducción sin permiso del autor
Imprimir
Historia de una decisión
Publicado el 1 septiembre 2004
Archivado en Boletín Hdad. Misericordia | Comentar
Corría un mes cualquiera, una tarde noche como otra. No tenía nada de especial. Tras una larga jornada de trabajo, un puñado de cofrades se encaminaban a su casa de hermandad para celebrar un Cabildo de Oficiales. Cada uno desde un lugar distinto, iba llegando a un ya por entonces destartalado y viejo edificio en la calle Rábida. En la primera de las estancias, se había habilitado una secretaría, sala de juntas y lo que hiciera falta mientras se le daba una salida al edificio. Algún día sería nuestra nueva, flamante y definitiva casa de hermandad, o quien sabe si al final se vendería para poder adquirirla en otro lugar por culpa de las trabas urbanísticas.
Mientras tanto, tan sólo era eso, un viejo edificio que había conocido tiempos mejores y que esperaba resignado su cruel destino. Sus paredes habían sido testigos durante muchos años de la vida comunitaria de los Padres Paúles, del trabajo inestimable que por esta ciudad llevan años haciendo las Hijas de la Caridad, de cómo se le daba de comer al hambriento, de cómo se le daba cobijo al vagabundo, de cómo los chiquillos correteaban por sus patios y aprendían en sus aulas… Incluso, acogió en su seno hasta no hace demasiado un dispensario, de índole municipal en su última época. Otros, en cambio, lo recordábamos porque en su interior se organizaba el cortejo de la cofradía durante nuestras primeras estaciones de penitencia, en una ruinosa Iglesia de la Milagrosa.
Volviendo al tema que nos ocupa, esos cofrades celebraron su Cabildo sin que sucediera ningún hecho digno de mención. Se trataron los habituales temas ordinarios y que forman parte de la rutina de una Junta de Gobierno. Sin embargo, llegados al turno de ruegos y preguntas, estos hombres (y creo que ya se ha perdido la cuenta de las veces) recibieron la visita del Espíritu Santo. Uno de ellos, en un momento que nunca olvidaré, tomó la palabra y con una decisión atípica ante lo que iba a salir por su boca, y a la vez casi sin creer en lo que estaba diciendo, interrogó: ¿Y por qué no hacemos aquí una capilla? En ese mismo instante, que me pareció eterno, se paró el tiempo. El aire aumetó su densidad, nadie miraba a nadie, sólo barrúntabamos en nuestro interior qué podría suponer lo que nuestro hermano acababa de plantear. El Hermano Mayor, ni corto ni perezoso y haciendo gala del optimismo que le diferencia del resto de los mortales, inició una ronda de opiniones para conocer el parecer de los presentes. Creo que no hace falta seguir para explicar el final de lo que comenzó aquella noche.
Sólo unos pocos privilegiados tuvimos la fortuna de poder vivir aquel momento, ya histórico para la Hermandad de la Misericordia. Pero a partir del 30 de noviembre, muchos seremos los que participaremos de la alegría y de los beneficios que nos aportará toda esta nueva infraestructura. Ojalá que todos los hermanos seamos capaces de estar a la altura de las circunstancias, y podamos hacer de ésta una auténtica hermandad, ahora que por fín podemos contar con los medios adecuados para conseguir nuestros fines, perfectamente recogidos en las Reglas, auténtico ideario del buen cofrade de la Misericordia de Cristo, defensor y propagador de la Inmaculada Concepción de su Bendita Madre.

Prohibida la reproducción sin permiso del autor
Imprimir
